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El dominio del cuerpo a través del desarrollo de la visión

El dominio del cuerpo a través del desarrollo de la visión

0 Comments 🕔27.jun 2017

Junto con la formación del psiquismo humano, cuyo desarrollo implica mucho tiempo hasta llegar a su consolidación, es importante considerar el progreso que el esquema corporal va adquiriendo a través de la cronología.

1. EL DOMINIO DEL CUERPO

Los seres humanos necesitamos de un ambiente facilitador que propicie la salud mental; este ambiente no solo lo brindará la madre, quien suele constituirse en la principal figura vincular de un hijo, sino también el padre u otros familiares que se involucran con el recién nacido.

Junto con la formación del psiquismo humano, cuyo desarrollo implica mucho tiempo hasta llegar a su consolidación, es importante considerar el progreso que el esquema corporal va adquiriendo a través de la cronología.

Juan David Nasio en su libro El cuerpo y sus imágenes (2008), al realizar precisiones acerca del esquema corporal, se referirá a este tópico como un hito importante para obtener una referencia en el espacio. Para este efecto, el autor subrayará que el esquema corporal es común a todos los seres humanos al encontrarse anclado a la neurofisiología. Cabe destacar que, a través del esquema corporal, podemos tener variadas sensaciones alusivas a nuestro sistema muscular, óseo, visceral, circulatorio, etc., sensaciones que nos entregan constantemente información acerca de lo sano o lo enfermo. Siendo parte de lo inconsciente, el esquema corporal es preconsciente y, por supuesto, consciente, pudiendo elaborarse como resultado del aprendizaje de la experiencia motriz. Al proporcionar una estabilidad en el espacio y el tiempo, el esquema corporal contribuye a evitar accidentes y proteger al ser humano.

Finalmente, al tratarse de un desarrollo orgánico, el esquema corporal progresa en su evolución temporal de forma independiente a las relaciones afectivas que sostenemos con nuestros semejantes, ya que “puede desarrollarse incluso en condiciones de desamparo afectivo” (p. 133)1.

Si bien, lo anterior da cuenta de que somos seres en la biología, sabemos por la Psicología y especialmente por el Psicoanálisis, que el ser humano presenta tal nivel de subjetividad que lo que acontece de forma individual en un sujeto no logra ser universalizable para todos los demás. Así, por ejemplo, la psicoanalista francesa, Françoise Dolto, desarrollará un constructo interesante para mostrar cómo los seres humanos no nos reducimos solamente al esquema corporal, ya que cada sujeto posee su propia imagen inconsciente del cuerpo. Siendo única para cada individuo, la constitución de esta imagen se produce durante los tres primeros años de vida y produce una importante estabilidad en la mismidad de base (Cfr. Nasio, 2008, p. 133; Dolto, 1986, p. 30 y ss.). Cabe destacar que como la Imagen inconsciente del cuerpo se estructura en la relación deseante entre el hijo y la madre principalmente, tanto el deseo como el lenguaje y los afectos involucran esta imagen como representación psíquica.

Como puede apreciarse, el dominio de nuestro cuerpo no puede remitirse tan solo al logro de la constitución del esquema corporal, sino a la imbricada relación de un hijo con sus padres y cuidadores principales que lo desean, lo hablan y lo aman. Teniendo esto presente, es necesario profundizar entonces en lo que algunos autores, tales como el psicoanalista inglés Donald Winnicott, refiere acerca de la relación madre e hijo en la que distingue tres momentos de suma importancia, a saber, el holding, el handling y la relación
de objetos.

Finalmente, al tratarse de un desarrollo orgánico, el esquema corporal progresa en su evolución temporal de forma independiente a las relaciones afectivas que sostenemos con nuestros semejantes, ya que “puede desarrollarse incluso en condiciones de desamparo afectivo” (p. 133) .

Si bien, lo anterior da cuenta de que somos seres en la biología, sabemos por la Psicología y especialmente por el Psicoanálisis, que el ser humano presenta tal nivel de subjetividad que lo que acontece de forma individual en un sujeto no logra ser universalizable para todos los demás. Así, por ejemplo, la psicoanalista francesa, Françoise Dolto, desarrollará un constructo interesante para mostrar cómo los seres humanos no nos reducimos solamente al esquema corporal, ya que cada sujeto posee su propia imagen inconsciente del cuerpo. Siendo única para cada individuo, la constitución de esta imagen se produce durante los tres primeros años de vida y produce una importante estabilidad en la mismidad de base (Cfr. Nasio, 2008, p. 133; Dolto, 1986, p. 30 y ss.). Cabe destacar que como la imagen inconsciente del cuerpo se estructura en la relación deseante entre el hijo y la madre principalmente, tanto el deseo como el lenguaje y los afectos involucran esta imagen como representación psíquica.

Como puede apreciarse, el dominio de nuestro cuerpo no puede remitirse tan solo al logro de la constitución del esquema corporal, sino a la imbricada relación de un hijo con sus padres y cuidadores principales que lo desean, lo hablan y lo aman. Teniendo esto presente, es necesario profundizar entonces en lo que algunos autores, tales como el psicoanalista inglés Donald Winnicott, refiere acerca de la relación madre e hijo en la que distingue tres momentos de suma importancia, a saber, el holding, el handling y la relación de objetos.

2. EL HOLDING, HANDLING Y LA RELACIÓN DE OBJETO

En referencia al holding traducido como sostenimiento, Winnicott (1975) lo planteó respecto a la dupla madre e hijo entendiendo que la madre ha de brindarle un amparo físico y emocional a su hijo. Si bien, el entorno cumple un papel muy importante, es la madre quien debe establecer un espacio de confianza con su hijo al interpretar sus demandas velando por su bienestar. De esta manera, siendo la madre el principal agente para que se desarrolle el holding, el bebé se centrará en dicho sostenimiento sin considerar aún el ambiente al no tener todavía la capacidad de incorporarlo. En caso de que se produzcan quiebres en el amparo que la madre debiera brindar a su hijo, este último reconocerá las consecuencias de tales fallos al sentirse desprovisto de los cuidados y de la confianza que comenzaba a instalarse con su madre. Se subraya que en los casos en que el holding fracasa gravemente esto origina el establecimiento de estructuras psicopatológicas con pocas posibilidades de integración del psiquismo humano.

Se comprende que el bebé, al presentar un yo inmaduro que se va conformando con el paso del tiempo, logra integrarse en la medida en que la madre le brinda dicho sostenimiento tendiente hacia la integración de su si mismo 2.

Cabe preguntarse qué aspectos integra el holding para que pueda ser adecuado, entre los cuales se pueden mencionar, por ejemplo: protección al bebé contra su propia agresividad y desborde; ser capaz de “leer” la sensibilidad del bebé respecto a su corporalidad que incluye los sentidos, la temperatura, la gravedad, etc., así como aceptar que el bebé aún se encuentra en una condición de no-yo, por lo que predomina en él su estado narcisista que se espera que la madre logre tolerar. Lo anteriormente mencionado, implica que la madre pueda acompañar y adaptarse a los ritmos de su hijo, lo que es original en cada ser humano, pudiendo constituirse en lo que Winnicott denomina “una madre suficientemente buena”, que no se relaciona con perfección, sino con la capacidad para realizar los ajustes necesarios con su bebé de acuerdo a sus ritmos en un constante devenir de adaptación y desadaptación, lo que generará una continuidad interesante de su existencia. Tan importante es lo anterior que si el sostenimiento fracasa, se interrumpe esta continuidad y el bebé queda arrojado a angustias primitivas o arcaicas dañándose su psiquismo con una marca traumática.

Con respecto al handling o manipulación, el yo débil del bebé debe comenzar a ejercitarse por si mismo en la medida en que la madre le otorgue el holding antes mencionado. Si el handling es activo y adaptativo para el bebé, esto implica que la madre no trata a su hijo como si fuera un muñeco, sino como una persona diferente aunque todavía la dupla madre e hijo forme una unidad en los primeros meses de vida. Estando junto a ella como madre, esta última no debe considerar a su hijo como una extensión de si misma, sino como un individuo aparte que se encuentra junto a su cuerpo cuando le da la leche, lo muda, lo baña, o lo estimula. De esta manera, el bebé va logrando de a poco su autonomía que se ve reflejada en varios logros tales como una buena capacidad psicomotora, capacidad para relacionarse paulatinamente con los objetos de forma integrada y no disociada, así como la disminución de enfermedades psicosomáticas, entre otros logros.

Holding y handling adecuados asocian de inmediato el tercer punto desarrollado por el autor referido a la relación con lo objetos, relación que podrá llevarse a cabo en la medida en que los procesos de maduración temprana resulten exitosos.
Si bien, al principio es la madre el único referente del niño, de a poco el entorno comienza a cobrar relevancia a medida que el bebé avanza en su maduración. Al principio, solo la madre contribuía a que su hijo fuera desarrollando la capacidad creadora favoreciendo en él su ingreso al principio de realidad al relacionarse con los objetos que “ya están ahí” y que no fueron creados por la omnipotencia e ilusión del bebé. En ese ir y venir entre ajustarse al principio de realidad y al mismo tiempo mantener aún su omnipotencia, el yo infantil se va integrando al incorporar cada vez más al ambiente que lo rodea.

Cuando el individuo se desarrolla de forma sana de acuerdo a lo anteriormente mencionado, tendrá la capacidad de constituir lo que Winnicott denomina objetos transicionales entendidos como la primera posesión no-yo que realiza el bebé (Winnicott,  D. Realidad y Juego, 2009, p. 18). Puede tratarse de su pulgar que atrae hacia su boca para succionarlo, así como un objeto generalmente blando que le permite fantasear con su figura materna. No se trata, entonces, de un objeto alucinado, ya que tiene materialidad, por lo que puede tratarse del pulgar, de un peluche, del tuto; se subraya que siendo elegido por el bebé, es él quien selecciona este objeto y no otra persona. Este objeto transicional viene a marcar un espacio que no es solamente del bebé o solamente de la madre, ni de uno ni de otro; al tratarse de un área intermedia entre lo subjetivo y lo objetivo no es totalmente externo al bebé pero tampoco se trata de un objeto interno, por lo que es una posesión no-yo. De esta manera, cuando ya no es necesario para el niño, no se llora por este objeto en tanto pierde significación (Cfr. p. 22).

Uno de los aspectos del ser humano que no siempre resultan fáciles de manejar, es la agresividad. Winnicott recuerda en su artículo La agresión en relación con el desarrollo emocional (1950-1955) 3  que el bebé ya da patadas en el vientre materno o muerde el pezón de la madre en la lactancia, lo que se comprende como una cuestión de actividad por parte del bebé y, por supuesto, no una de una mala intención. Si bien el holding, el handling y la presentación del objeto pueden ser muy adecuadas por parte de la madre, no sabemos cuándo acontece la integración de la personalidad. Cabe destacar que a medida que el ser humano se desarrolla y si su comportamiento evidencia una finalidad, entonces se deduce que la agresión es intencionada dando cuenta de una expresión primitiva.

La integración del psiquismo humano requiere, en primera instancia, del holding materno para las primeras fases del desarrollo en donde la madre es quien debe tener la capacidad de tolerar los ataques instintivos del bebé oponiéndole resistencia de forma muy gradual; lo anterior también ayudará a que el bebé pueda ir diferenciándose de su madre a quien ataca  objeto sobrevive a los ataques del bebé, el objeto adquiere cualidad externa y, a su vez, cualidad de permanencia; esto implica que si bien el objeto es destruido en la fantasía, logra sobrevivir en la realidad de allí que la supervivencia del objeto, por ejemplo de la madre, le permita al bebé descubrirlo y relacionarse con él 4.

Cuando se trabaja con pacientes desde el encuadre que propone el autor Donald Winnicott, resulta relevante que el encuadre terapéutico cumpla con las funciones de holding para la conformación de un espacio transicional que garantice la continuidad existencial 5. De esta manera, cuidar el horario, la frecuencia, el ambiente, entendido como un lugar acogedor y tranquilo, con luz y sonidos gratos, etc., se constituye en un buen espacio para propiciar el desarrollo psicoterapéutico.

De igual modo, el terapeuta no solo debe estar atento a su paciente, sino también con la lucidez necesaria para adelantarse a situaciones teniendo la capacidad para adaptarse a su paciente propiciando el vínculo terapéutico. Si un paciente puede, por ejemplo, regresionar hacia la dependencia, esto implica la instalación de la confianza en el ambiente dejando en suspenso mecanismos de defensa que podrían entorpecer el vínculo. Lo que acaba de mencionarse se diferencia con creces con lo que Winnicott denomina replegamiento 6, noción que alude a experiencias persecutorias de parte del paciente en donde se desarrolla un estado defensivo extremo con quiebres cruciales en la confianza; el replegamiento produce un estado de negación llamativa en donde el paciente pareciera no querer depender desplegando una independencia reactiva y patológica 7.

Dentro de los efectos positivos que acarrea un encuadre adecuado, se puede mencionar:
1) Instalación de la confianza permitiendo al paciente regresionar a la dependencia sin temor a la sensación de riesgo.
2) Integración del sí mismo.
3) Posibilidad de expresar lo que sucede aunque se trate de sentimientos negativos como rabia y dolor.

En el texto La integración del yo en el desarrollo del niño (1962), Winnicott plantea que la integración del individuo se relaciona estrechamente con la función ambiental de sostenimiento en tanto, alguien ve al niño o comprende que existe pudiendo devolverle, como un rostro visto en un espejo, la prueba que necesita para ser reconocido como un ser. De esta manera, en el desarrollo emocional individual es necesario que el rostro materno sea el precursor del espejo, aunque bien sabemos que no siempre la madre podrá brindar el sostenimiento que el bebé necesita. En su libro Realidad y Juego (2009), el autor señala:

¿Qué ve el bebé cuando mira el rostro de la madre? Yo sugiero que por lo general se ve a si mismo. En otras palabras, la madre lo mira y lo que ella parece se relaciona con lo que ve en él. Todo esto se da por sentado con demasiada facilidad. Yo pido que no se de por supuesto lo que las madres que cuidan a sus bebés hacen bien con naturalidad. Puedo expresar lo que quiero decir yendo directamente al caso del bebé cuya madre refleja su propio estado de ánimo o, peor aún, la rigidez de sus propias defensas. En ese caso, ¿qué ve el bebé? (p. 148)

El trabajo posterior con un paciente consistirá en devolverle a posteriori lo que él mismo trae. “Es un derivado complejo del rostro que refleja lo que se puede ver en él” (p. 154). La idea es poder ayudarlo a que se descubra encontrando su propia forma de existir, su propias maneras de relacionarse con los objetos y de tener la capacidad para estar a solas consigo mismo cuando así lo necesite.

3. LA ATENCIÓN A LOS PACIENTES Y CLIENTES

De acuerdo a las ideas winnicottianas expuestas en el apartado anterior, cabe preguntarse, ¿cómo propiciar un ambiente facilitador en la atención de pacientes en la consulta y con los clientes en los puntos de venta?

Desde la perspectiva del holding, cuando un paciente llega a la consulta o un cliente al punto de venta, el profesional o persona encargada tendrá que preocuparse de estar atento a quien solicita ayuda a través de sus preguntas, comentarios, o tan solo porque quiere recorrer el local comercial para analizar modelos, precios y ofertas, en muchas ocasiones prescindiendo de ayuda.

Ya se analizó que el holding implica crear un espacio de confianza que si no se instala prontamente se perderá al paciente y/o cliente; la instalación de este espacio implica tolerar la agresividad del paciente o cliente, dimensión que puede ser muy evidente y, en ocasiones, solapada a través de comparaciones, ironías y silencios. El ambiente debiera ser confortable y estéticamente atractivo; sin embargo, lo anterior perderá su importancia si no se produce el holding.

¿Qué se puede considerar para favorecer la instalación de la confianza? Es posible plantearlo por medio de la adaptación que el profesional debe hacer hacia su cliente y sobre todo a su paciente, entendiendo sus ritmos, oscilaciones, temores, curiosidades, hasta realizar los ajustes necesarios para sostener a quien consulta.

Tal como se planteaba, el holding también requerirá del handling, interacción que permitirá que el paciente se sienta considerado por el profesional. En este sentido, si el profesional trata a su paciente como si fuera una persona ignorante, o no le proporciona información siendo difícil para el paciente lograr un diálogo interesante con el clínico, porque este último se reserva la información o es muy distante en el trato, difícilmente el paciente se sentirá validado como una persona diferente, sintiéndose como alguien que es tratado exactamente igual que otro, en donde no se considerarán sus particularidades y sobre todo sus inquietudes. La idea es lograr el trabajo en conjunto de la unidad terapeuta-paciente entendiendo que en la medida en que sucede lo anterior, el paciente también contribuirá con su tratamiento pero no porque “el doctor lo dice”, sino “porque entiendo que es importante para mí a través del empeño del doctor para que yo esté mejor”.

Si lo anteriormente expuesto lo trasladamos a un punto de venta, ¿no llama la atención acaso cuando un vendedor tiene bastantes clientes versus otro que no logra sostenerlos? El que tiene clientes y es visitado cada cierto tiempo, pudiendo prolongarse las visitas durante años, especialmente cuando es necesario hacer un cambio de lentes por ejemplo, lo anterior se posibilita porque el vendedor fue capaz de validar a su cliente brindándole la confianza suficiente para que pregunte, se sienta escuchado y al mismo tiempo gratificado en sus requerimientos.

¿Qué ocurre con los clientes difíciles que oponen constantes resistencias frente a la atención que recibe? De acuerdo a las ideas de Winnicott, será necesario sobrevivir a la agresión sin devolver del mismo modo la agresión, lo que implica un trabajo constante de parte del profesional o del vendedor para no colocar sus propios odios o resistencias en la relación con el paciente o cliente. Para este efecto, tendrá que explicar quizás varias veces lo mismo, responder más de una vez a la misma pregunta, hasta brindar al difícil cliente la posibilidad de volver a consultar en caso que prefiera buscar en otro lugar, sintiendo la confianza que en este espacio se lo esperará cuando él desee regresar.

Tanto el holding como el handling se acompañan con la presentación del objeto para que el bebé logre establecer sus relaciones con los objetos. Si un paciente visita al clínico, sería muy conveniente que el especialista le explique al paciente los procedimientos, le presente los objetos, lo que se va a hacer, por qué es necesaria tal o cual medición, por qué es recomendable tal o cual tratamiento, etc. Imaginemos que el holding se encuentra instalado, que hay un handling también adecuado en donde el paciente se hace partícipe de su proceso reconociendo su propia contribución al tratamiento, la relación que pueda establecer con los objetos ortopédicos será tanto más integradora para él.

De la misma manera, si un cliente asiste a un punto de venta, pero todo se encuentra perfectamente guardado, como “mire y no toque”, la probabilidad de interesarse en un producto podría ser más lejana que si un cliente tiene la posibilidad de probarse distintos marcos de anteojos o le solicita al vendedor que le entregue distintos modelos para probárselos.

En este sentido, el vendedor tendrá que estar atento y dispuesto a interactuar con el cliente propiciando más aún el espacio de confianza al mismo tiempo que podrá argumentarle por qué un producto le favorece más que otro.

Si todo lo anterior se logra, el paciente volverá donde el especialista que lo atiende aunque pregunte una segunda opinión y quizás hasta prefiera al otro profesional; sin embargo, la posibilidad de que retorne donde su especialista se mantendrá vigente en la medida en que para él se trató de una experiencia integradora.

Cabe destacar que esto último no acontecerá en un paciente o cliente que se repliegue y utilice mecanismos de defensa más arcaicos. La instalación del espacio de confianza será muy difícil de llevar a cabo y no será tarea del clínico o del vendedor, aunque se lo escuche atentamente y se intente propiciar un sostenimiento mínimo en la atención de este paciente. Posiblemente, seguirá muy agresivo, incomodará al especialista y/o al vendedor, nada le resultará favorable y probablemente tienda a proliferar un cúmulo de críticas. Si hay disposición de parte del clínico y/o del vendedor al menos quedará la tranquilidad que se hizo lo mejor para ese paciente en particular, aunque los intentos por establecer una experiencia integradora haya sido infructuosa.

1 Véase también Dolto, Françoise, “El esquema corporal no es la imagen del cuerpo”, En La imagen inconsciente del cuerpo, Paidós, Barcelona, 1986, pp. 17 y ss.
2 Véase también Winnicott, Donald, “Desarrollo emocional primitivo”, En Escritos de Pediatría y Psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 199-214.
Winnicott, Donald, “El concepto de individuo sano”, En El hogar, nuestro punto de partida, Paidós, Buenos Aires, 2004, pp.27-47.
3 En Escritos de Pediatría y Psicoanálisis, Op. Cit., pp. 275-293.
4 Véase también Winnicott, Donald, Realidad y Juego, Gedisa, Barcelona, 2009, pp. 117-127.
5 Cfr. Abadi, Sonia, “Transiciones. El modelo terapéutico de D.W. Winnicott”, Cauces Editores, Lima, 2014, pp. 243 y ss.
6 Véase Winnicott, Donald, “Replegamiento y regresión (1954)”, En Escritos de Pediatría y Psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 341-349.
7 Véase también Winnicott, Donald, “El odio en la contratransferencia”, En Escritos de Pediatría y Psicoanálisis, Op. Cit. , pp. 263–274.

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